La promesa de Carol.

En: Mis pacientes

14 dic 2014

juan andres y carolAlicante en agosto, a las tres de la tarde, puede ser un lugar bastante inhóspito. Fue entonces cuando vi por primera vez al pequeño Juan Andrés y a su madre Carol. Ese día hacía ese calor húmedo de agosto que hace que  la piel no sea  agradable al tacto.

Carol traía en brazos a su hijo Juan Andrés, un bebé con Síndrome de Down de apenas dos meses. Al niño le costaba respirar, abría su boquita como un pez fuera del agua y sudaba profusamente. La joven mamá me dijo con angustia que su bebé no podía mamar, que se ahogaba y perdía la fuerza. Que tenía que alimentarlo con el miedo de que se le parara el corazón.

Había nacido dos meses antes y fue una sorpresa para sus padres. El embarazo fue controlado e incluso en la prueba  del  Triple Test,  les dijeron que en un 95% de probabilidades su hijo nacería sano y que sólo en un 5 % podría tener Síndrome de Down.  Y la estadística confirmó que un 5% es más que probable y Juan Andrés nació con los rasgos típicos de estos niños más todas las complicaciones que suelen padecer. Su pequeño corazón tenía un defecto llamado comunicación interventricular que le provocaba una fatiga enorme al más mínimo esfuerzo como es alimentarse. Tras explorarlo y darme cuenta  de su estado, le indique a su madre que debía llevarlo al Hospital urgentemente, para una nueva valoración cardiológica. Ella me dijo que ya lo habían visto en la unidad de cardiología infantil. Le habían recetado una medicación con fórmula magistral que tenía un potente efecto diurético para que su corazón no se fatigara. Pero en pleno agosto,  las altas temperaturas y la humedad de Alicante hacían que su niño se deshidratara. O al menos eso creía.

Carol no perdía la sonrisa a pesar de las adversidades.

Al cabo de dos días volvieron a la consulta. Carol venía contenta y Juan Andrés tenía mejor aspecto. De nuevo el niño en brazos de su madre, que lucía su larga melena color miel sobre los hombros.

En el hospital rehidrataron al niño y le ajustaron la medicación. También aconsejaron que lo alimentara con biberón ya que el esfuerzo es menor y fatigaría menos su corazón. Debía ofrecerle el biberón a menudo y en pocas cantidades. Pero la leche de fórmula no es barata y fue entonces cuando Carol nos confesó su problema. Ella y su marido eran inmigrantes, venían de Uruguay. Habían venido a España hacía algo más de un año. Habían conseguido un trabajo, ella de peluquera y él, un trabajo de mantenimiento en un hotel. Querían tener un hijo y pensaron que era el momento adecuado. Carol tenía 34 años y su marido 36. Se quedó embarazada pronto y toda su familia, desde Uruguay, festejaron con ellos la noticia. Pero al cabo de pocos meses, la crisis económica pasó factura y perdieron sus empleos. Apenas habían trabajado tres o cuatro meses cada uno y no tenían derecho a prestación por desempleo. Pero siguieron adelante con el embarazo e intentando sacar algún dinero, peinando a sus vecinas ella y  acompañando a enfermos en el hospital por las noches, él.

En plenas Hogueras nació Juan Andrés, a las dos de la tarde, con la Mascletá.  El parto no fue largo a pesar de ser primeriza. Cuando le entregaron al bebé, Carol se fijó en sus ojos rasgados y su boquita abierta y supo que su hijo iba a ser especial. Pero el instinto maternal hizo que lo amara aún más.

Pronto les informaron de la delicada situación de Juan Andrés y que su problema cardiológico precisaba una importante operación quirúrgica que no se podía llevar a cabo en Alicante.

La llegada a casa con el bebé fue un poco angustiosa pero aún así, esta familia estaba dispuesta a luchar  y se crecieron ante la adversidad. Pero ahí  estaba el grave problema económico. Tenían que dedicarle al bebé la mayor parte del día y era difícil poder conseguir trabajo en esas condiciones.

Se iba retrasando el momento de la intervención y no les llamaban. Juan Andrés ya estaba a punto de cumplir los cinco meses y cada vez era más difícil alimentarle. Se fatigaba en extremo para tomar un biberón y por lo tanto no ganaba peso. Los cardiólogos les habían dejado muy claro que tenía que pesar más de seis kilos para garantizar el éxito de la intervención, pero Juan Andrés apenas pesaba cinco kilos.

Cada día estaba peor. Apenas abría los ojitos y su aliento era jadeante al más mínimo esfuerzo.

Pero cuando un ser humano quiere vivir y especialmente si es un niño, la naturaleza se pone siempre de su parte. Y así ocurrió. Poco a poco, la tenacidad de esta madre alimentando a su hijo en esas terribles condiciones, consiguió que Juan alcanzara por fin los seis kilos. Seis maravillosos kilos que le abrían las puertas del quirófano.

El equipo de cirujanos cardiológicos infantiles del Hospital La Fe obraron el milagro. Mientras su hijo estaba en el quirófano, Carol y su marido tuvieron tiempo de sobra de pensar en muchas cosas. La operación fue larga.  Carol se hizo a sí misma una promesa.

Cuando salieron los cirujanos del quirófano y con una gran sonrisa les dijeron que todo había ido bien, los padres lloraron de alegría. Lloraron por primera vez por su hijo y fue de alegría.

El pequeño pecho de Juan Andrés tenía una gran cicatriz y al niño le dolía. Tenían que tener mucho cuidado al cogerlo en brazos porque se podían soltar los puntos internos.  Lloraba mucho, pero también tenía por fin fuerza para alimentarse y tomaba todos los biberones con ansia. Un día de noviembre, pocos días después de la operación les dieron el alta y lo primero que hicieron al llegar a Alicante fue venir a la consulta.  No tienen familiares aquí y nos adoptaron como su familia. Llegaron como siempre, con el bebé en brazos de su madre. Les recibimos con gran alegría y fueron momentos muy emotivos para todos.

Por fin, Juan Andrés podía empezar a tener una infancia normal.

Al depositarlo en la camilla Juan Andrés empezó a llorar de forma desconsolada. Cruzaba sus manitas sobre el pecho como si quisiera protegerse y nos miraba con los ojos muy abiertos llenos de lágrimas. De forma instintiva, lo levanté y lo acurruqué en mi regazo hasta que se calmó. Me miraba con esa mirada suya que parece de agradecimiento.  Carol, emocionada, nos contó que sólo estaba bien en brazos ya que al ponerlo en la cuna, le tiraban los puntos de la intervención y lloraba de dolor. Sabía que este dolor pasaría pronto y que su niño dejaría de llorar, pero temía que tanto sufrimiento siendo tan pequeño le dejara secuelas psicológicas. La tranquilicé diciéndole que el cerebro haría su trabajo y borraría de su memoria todo su dolor.

Fue entonces cuando me percaté de su cambio de imagen. Llevaba un gorrito de lana muy ajustado a su cabeza. Le pregunté qué le había pasado en el pelo y ella me contestó que se había rapado la cabeza. Mientras estaban operando a su hijo se hizo la promesa de raparse su preciosa cabellera si su hijo salía bien de la operación. Y así ocurrió.

Me dijo unas preciosas palabras:

  • Mi pelo volverá a crecer y mi hijo vivirá para verlo.

 

 

4 Respuestas to La promesa de Carol.

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FERNANDO

diciembre 15th, 2014 at 22:11

Preciosa historia doctora, tan llena de humanidad como siempre. Enhorabuena.

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Reme

diciembre 16th, 2014 at 15:30

Muchas gracias Fernando!

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Ismael

enero 12th, 2015 at 12:27

Historia muy emotiva y que nos toca de cerca por ser uruguayos y haber tenido un bebe recién nacido en un quirófano. Saludos y gracias por compartirlo.

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Reme

enero 14th, 2015 at 21:00

Muchas gracias Ismael.

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